martes, 9 de diciembre de 2014

PsicoPopFest!


Del miércoles 12 al sábado 15 de noviembre se llevó a cabo el Primer Encontronazo Intergaláctico de Psicología Pop en Cuerpos Parlantes.



Reuniendo una selección intergaláctica sin precedentes de figuras de la Psicología Pop, encabezadas y capitaneadas por Héctor Robledo y conformada también por Pablo Fernández Christlieb, Lirba Cano, Yann Bona, Delia González e Iván Rodríguez, se realizaron conversatorios, talleres, proyección de documentales, charlas, lecturas, cero conferencias magistrales y, como no podía faltar, fiesta.

En este espacio tuve la fortuna de coincidir con el diálogo de la movilización y los recovecos, implicaciones y dificultades inherentes. El tema del transporte público es algo importante para mí, en primer lugar, porque se trata de la actividad a la que se dedica mi padre y que ha estado en la familia durante un tiempo más que considerable, y segundo, porque movernos es una necesidad básica. Me tocó asistir el viernes, como por ahí de las 7:30-8:00 de la noche, y estuve en el conversatorio titulado “La Ciudad de los comunes”, que partía de la pregunta: ¿Cómo hacer comunes los bienes, espacios y servicios de la ciudad?

Ahí estuvo interviniendo gente como el mismo Bona (Bona, Yann Bona, no Bono, de U2…), gente del colectivo Caracol urbano, alumnos del PFP de transporte público, y otras tantas celebridades (en la descripción del evento se hablaba del Frente común de Usuarios y Operadores, EnRuta, Ensamble, Christian Grimaldo y Paco Talavera, que, siendo honestos, no identifiqué). Se hablaron de muchas cosas, comenzando por el ambiente (quería decir “enrarecido”, pero es que de raro nada tiene; estado de alarma o la tan sonada “crisis” serían más adecuados para el fin descriptivo) que se vive en nuestro país hoy en día,  las situaciones de violencia que nos podemos encontrar diario en la calle, la cultura de la movilidad en nuestra ciudad... en fin, que fueron varios temas. La parte del diálogo que más me hizo meterme en él fue cuando, dentro del tema del transporte público se habló de dignificar la figura del operador de transporte público, el “chofer”, como le llamamos (casi) todos y como es comúnmente conocido.

Siempre me han dicho que “es más fácil destruir que construir”, y que “no hay que juzgar un libro por su portada”. Lamentablemente, muchas veces, esto es lo más fácil y a lo que más recurrimos. No siempre, pero me incluyo. “Pinche chofer mamón, como que anda encabronado”, ó, “No, pues es que el servicio cada vez está peor…”. Se escucha. Y nos indignamos, y quizá con razón. Porque nos creemos, somos, merecedores de algo mejor que eso. Estamos pagando un servicio, ¿no? ¿A quién no le gusta que lo atiendan bien? A mí, sí. No sabemos el porqué del enfado del chofer, su jeta, su “váyase recorriendo pa´tras oiga, oríllese a la orilla” con prisa, pero no es nuestra bronca. “No es mi pedo”. (Me disculparán la utilización de lenguaje poco apropiado para lo académico). Pero tampoco sabemos que el chofer seguramente lleva, para entonces, 7 horas sentado en el camión, que se levantó a las cuatro y media de la mañana y que su turno acaba a lo mejor como a las once si bien le va. Que a lo mejor ni desayunó, que tuvo una bronca con su esposa en la mañana (antes que choferes, son humanos, y sí, también son esposos, padres, hijos, hermanos, amigos…), que tiene una deuda que tiene que saldar pronto y está presionado, que ya se ponchó la llanta, y que para colmo y acabarla de fregar perdió, otra vez, el Atlas (lo que nunca)…

Esto fue abordado principalmente por los alumnos del PFP, cosa que se me hizo interesantísima porque yo he convivido con los choferes y se cómo viven. Y precisamente, de perlas, no viven. Más bien al revés. Me interesaría muchísimo involucrarme aunque sea poquito, por conocer el proyecto. Se comentó que los chicos llegaron a pasar una jornada completa arriba del camión conviviendo con el operador y registrando su experiencia, evidenciando los conceptos de calidad de trabajo, que desemboca en calidad de vida. Lo que percibe un operador es una cantidad que apenas alcanza, o en muchos casos, no alcanza. Y si nos ponemos a pensar que sus jornadas pueden extenderse a veces hasta en 12 o 14 horas, que se levantan tempranito, apenas ven a su hij@, que todavía está dormid@ y a quien no podrán llevar a la escuela, que se van a talonear todo el día, regresan cansados y ajetreados casi, casi sólo a dormir, y al día siguiente lo mismo… Tanto trabajan para vivir como también viven para trabajar. ¿Es así como el hombre debe vivir? El visibilizar todo esto cambiaría muchas, muchas cosas…



Recuerdo haber escuchado decir a alguien que la pregunta no era tanto el qué hacemos, sino el qué queremos que pase. Me parece un enfoque adecuado, porque nos situamos en la hipotética, supuesta y asumida solución al problema y a partir de ahí elaboramos. Si de eso se trata entonces, más nos valdría compartirlo. Seguro no somos el único con esa inquietud. Se construye a partir de la proyección del escenario futuro, de la situación desead. Tenemos el marco y el resultado, pero falta la metodología, los pasos. Y uno de esos pasos pasas por este filtro, este ciclo…

La idea de Sennett (1994) de la insensibilización o poca conexión con la realidad a la hora de plasmar las experiencias se ve reflejada en las transacciones que establecemos y el cómo las establecemos. Esto que estoy escribiendo puede tener un trasfondo complejo que no tengo intención en desarrollar, por tentadora en interesante que pudiera ser la idea, y probablemente puede que quede en una afirmación vaga y hasta falta de sustento. Por tanto, aclaro que se trata de una intervención que, uno, no busca nombres propios, apuntar, generalizar ni, menos aún, tener una consonancia ofensiva ni herir susceptibilidades. La palabra apatía puede resultar un tanto demasiado crítica en lo severo pero, en mayor o menor medida, puede resultar útil con fines de descripción y definición.

En los medios de las masas, explica el mismo Sennett, se establece una división entre lo representado y la experiencia vivida. Esta disociación que se pueda presentar, puede entenderse como un cortocircuito entre lo que se pretende que sea -la imagen que se pretende instaurar, generalizar, plasmar, que puede ser, más o menos, lo que realmente es, ser, o no ser- y la forma en que los individuos, tanto por sí mismos como formando parte del todo, afrontan la exposición de este estímulo, lo vive, lo conceptualiza a partir de lo que entiende, resignifica, interioriza –y/o apropia- y recrea. 

Retomando mi comentario de la transaccionalidad, que dejé escueto y a medias, a lo que iba con esto es que la -poca o mucha- implicación y compromiso que cada uno de nosotros ponga en lo que respecta a cualquier asunto que está allá afuera, un asunto público que podríamos tender a privatizar porque “no está en mi radio de acción” y por tanto, me parece ajeno –y en el proceso, eventualmente, más temprano que tarde, pasa a ser ajeno- resulta en esto. Bueno, resulta en dos cosas: en la referida falta de conexión, que lleva, a su vez, a que no pase nada. Terminamos escuchando lo que queremos escuchar, haciendo lo que “tenemos” que hacer, pensando como “deberíamos” pensar, diciendo lo que “ha de ser” dicho, y poco o nada más. Más que recurrir al cliché de la “normalización”, es que no deja de ser una realidad.

El espacio es “totalmente simbólico”, como apunta Fernández Christlieb (1991). Como yo lo veo, estas predeterminaciones en los medios tangentes a cada uno de nosotros, como pueden ser los espacios -las calles, la ciudad- pueden entenderse como mecanismos de control que están tan enraizados en la cultura y nos son tan familiares en nuestro día a día, que nos adhieren a ciertas formas que no nos permiten ver más allá, y que nos arrastran hacia la norma, lo de siempre, lo establecido: nos limitan. Este pensamiento a través de los espacios, que son unos más unos menos, pero finalmente, nuestros (de alguna forma, sí, en lo relativo, o no tanto…), puede darnos de que pensar, si luchamos por dejar al lado este sesgo, esta insensibilización. Si nos comprometemos. Yo el primero. 

Englobando mi experiencia y opinión personal del evento, resultó una propuesta bastante fresca sin necesariamente adquirir la característica de “light”, esto en el sentido de las temáticas: sin dejar de abordar temas que nos implican y comprometen, el contenido da muchas cosas de qué pensar. Realmente no se trata como tal de una “probadita” de un tópico por encima, sino que entre tanto expertos como otros no tan expertos –o bien, no expertos (como yo) también, pues todos tenían cabida aquí- se hacían recuperaciones y construcciones en base a su conocimiento y las experiencias y vivencias personales. “Light” porque realmente esta manera de compartir y dialogar es muy agradable, y en mi opinión, se hace íntima y personal, porque el espacio en que se llevó a cabo así lo facilitaba, y la actitud y cercanía de la gente también. Se trató, para mí, de un ejercicio tendiente al pragmatismo, en el que chiste era permear el conocimiento, compartir partiendo de algunas de las premisas básicas que hemos abordado en clase: “el hacer público lo privado” entendiendo que “lo personal es político”. Puede ser el politizar en la expresión más pura, algo muy enriquecedor. A mí me gustaría ir el próximo año.


Referencias Bibliográficas:

Fernández Christlieb, P. (1991). El espíritu de la calle. Psicología política de la cultura cotidiana. Barcelona: Anthropos.

Sennett, R. (1994). Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental. Madrid: Alianza. 

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